Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma».
(Lucas 2,34-35)
No hay otro consuelo a tu dolor que el rostro de tu Madre. Su mirada alivia las llagas de tu corazón herido por la falta de amor de los hombres y las mujeres. Su silencio, partícipe del sufrimiento, que solo el amor puede ofrecer y llevar en humilde custodia, es bálsamo para tu alma, fuerza compartida del perdón, caridad mayor que cualquier rechazo ingrato. María, Madre de Jesús y madre nuestra, ¡intercede por nosotros y acompáñanos para vencer la prueba! Amén.