María, Madre de Dios y Madre nuestra, con humildad y confianza acudo a ti, sabiendo que nunca se ha oído decir que quien acude a tu protección haya sido desamparado.
Tú que dijiste “sí” al plan de Dios sin condiciones, enséñame a confiar como tú confiaste, aun sin comprender del todo el camino.
Tú que guardabas todas las cosas meditándolas en tu corazón, ayúdame a vivir con esa misma serenidad ante las alegrías y las dificultades de cada día.
Madre mía, ponme bajo tu manto de protección. Cuida de mi familia, de mis seres queridos, de los que sufren en este momento y de todos los que necesitan tu intercesión aunque no la pidan con palabras.
Ayúdame a parecerme un poco más a ti: humilde, fuerte en la fe, generosa en el amor y siempre atenta a las necesidades de los demás.
Llévame a Jesús, como lo hiciste en las bodas de Caná, y como madre buena, no dejes de acompañarme en cada paso de mi vida.
Virgen María, ruega por nosotros. Amén.
