Señor y Dueño de la viña, gracias por llamarme a trabajar en tu Reino, sin importar a qué hora del día llegué a conocerte.
Enséñame a no comparar mi camino con el de los demás, ni a medir tu generosidad con mis propios criterios de justicia. Tú das a cada uno lo que necesita, no lo que yo creo que merece.
Líbrame de la envidia y del corazón calculador, y dame en cambio un corazón agradecido, que se alegre cuando otros reciben tu misericordia, tan grande como la que me has dado a mí.
Ayúdame a recordar que tus caminos son más altos que los míos, y que en tu viña siempre hay lugar para el que llega tarde, con tal de que quiera trabajar. Amén.
