Señor Jesús, como pasaste junto a Mateo, sentado en su mesa de cobrador, y le dijiste solamente “Sígueme”, así pasas hoy junto a mí, en medio de mis ocupaciones, mis cuentas y mis prisas. Dame un oído atento para reconocer tu voz.
Como Mateo, quiero levantarme y seguirte sin demorar. Ayúdame a dejar lo que me ata: mis seguridades falsas, mis rencores, mi miedo a cambiar.
Gracias, Señor, porque no buscas a los perfectos, sino a los que te necesitamos. Tú eres el médico que se acerca a los enfermos, y yo soy uno de ellos. Sáname por dentro con tu misericordia.
Enséñame a sentarme a la mesa con todos, sin despreciar ni juzgar a nadie, y a recordar que lo que más deseas de mí es misericordia, y no solo prácticas religiosas.
Que mi vida sea una respuesta agradecida a tu llamada.
Amén.
