Señor Jesús, tus discípulos te preguntaron quién es el más grande en el Reino, y tú pusiste a un niño en medio de ellos. Hoy también me llamas a mí a ese lugar sencillo.
Líbrame del deseo de ser el primero, de mi orgullo y de mi afán de reconocimiento.
Enséñame a volverme como un niño: confiado, humilde, abierto a recibir todo como don de tu Padre. Que no me crea grande por lo que hago, sino pequeño y amado por lo que tú eres.
Ayúdame a acoger a los pequeños, a los débiles, a los olvidados, porque quien los recibe en tu nombre te recibe a ti.
Que nunca los desprecie ni los hiera con mi indiferencia. Y recuérdame que sus ángeles contemplan siempre el rostro de tu Padre del cielo, que cada uno es precioso a tus ojos.
Haz mi corazón manso y humilde como el tuyo, para que un día pueda entrar en tu Reino. Amén.
