| Jn 12, 24-26 |
Señor, que no deje de mirarte para no hundirme.
Cuando el viento se levante y las olas parezcan más fuertes que mi fe, recuérdame que tú estás ahí, aunque no te vea con claridad.
Dame el valor de Pedro para salir de la barca, y la humildad de reconocer cuando empiezo a dudar.
Que tu mano me sostenga en cada momento de miedo, que tu voz me repita: “Ánimo, soy yo, no tengas miedo”.
Enséñame a no depender de lo espectacular para sentirte cerca, sino a reconocerte en el susurro, en la brisa suave, en lo sencillo del día.
Que mi mirada esté siempre puesta en ti, porque solo así, aun caminando sobre las aguas revueltas de mi vida, podré mantenerme en pie.
Amén.
