Hoy vengo ante ti reconociendo cuánto me has perdonado, una deuda que yo jamás podría pagar por mí mismo.
Ayúdame a mirar mi propio corazón con honestidad. ¿A quién me cuesta perdonar? ¿Qué ofensa sigo cargando como si fuera mía para retener? Recuérdame que, así como el rey de la parábola tuvo compasión de su siervo y le perdonó una deuda enorme, tú has tenido compasión de mí.
Líbrame de la dureza de corazón, del rencor que se disfraza de justicia y del orgullo que me hace sentir con derecho a guardar cuentas.
Dame la gracia de perdonar de corazón, no solo de palabra. Que mi perdón hacia los demás sea reflejo del tuyo hacia mí: generoso, completo y sin condiciones.
Padre, transforma mi corazón para que sea un canal de tu misericordia, y no un obstáculo para ella.
Amén.

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