Padre bueno, abrimos el corazón para acoger tu Palabra que sana y levanta. Tú conoces nuestras heridas visibles y las escondidas; por eso venimos como el leproso del Evangelio de hoy, de rodillas y con confianza.
Danos un deseo humilde y perseverante, capaz de decir: «Señor, si quieres…». Enséñanos a dejarnos tocar por tu misericordia y a obedecer tu voz. Que tu Espíritu ponga en nosotros un anhelo nuevo de pureza y de misión para ser testigos de tu compasión. Por eso te pedimos:
Padre de misericordia, gracias porque en Jesús nos has tocado con compasión y nos liberas de todo aislamiento. Renuévanos con tu Espíritu para vivir en comunión, sanar las heridas y anunciar con alegría tu Evangelio. Que la Iglesia sea hogar de todos, y junto a María, Madre de misericordia, aprendamos a cantar tus maravillas y a servir con prontitud a los más olvidados. Amén.
(CIPE)
