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| San Francisco Javier |
"Despojado de toda distracción y riqueza. Sólo desde la humildad de nuestro corazón, junto a María, llegará nuestra oración al PADRE".
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| San Francisco Javier |
Esos momentos difíciles y contrarios a las apetencias de nuestra naturaleza humana, por antonomasia, son necesarios para el crecimiento de nuestra fe. Realmente, los necesitamos, porque, solo se avanza y se camina cuando el sufrimiento y la dureza del propio camino nos exigen y nos compromete.
Tu fe se descubre cuando arriesga tu propia vida; cuando eres capaz de renunciar a lo que te humanamente te atrae y deseas; cuando, tal y como dice el Evangelio de hoy: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin...
Está claro, necesitamos padecer para experimentar y darnos cuenta de que dentro de nosotros hay una opción única - Jesucristo - por la que estamos dispuestos a renunciar a todo lo demás. Pero, también somos conscientes de las dificultades que viven dentro de nosotros. Nuestra naturaleza, herida y sometida por el pecado, es débil y fácil de vencer por el príncipe de este mundo - demonio - por lo que tenemos que estar vigilantes y en constante oración.
Pidamos al Señor la fortaleza, la valentía y la humildad necesaria para, siguiendo el único y verdadero camino, del que nos dan testimonio los apóstoles, le sigamos a pesar de los obstáculos que se nos vayan presentando en nuestras vidas; a pesar de las renuncias y dificultades que nos exigirán padecer y sufrir para sostener nuestra fe y seguimiento al Señor Jesús. Tengamos plena confianza que su Promesa será cumplida. Amén.

¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Desde la hora de mi bautismo he recibido la visita del Espíritu Santo. Un Espíritu Santo que ha descendido sobre mí para quedarse conmigo y acompañarme en el recorrido de mi andadura por este mundo.
Porque, como ya nos ha dicho Jesús, desde el momento de nuestro bautismo, no pertenecemos a este mundo, aunque vivimos en él y es el medio para, por y con amor, llegar al otro, al que nos tiene guardado nuestro Padre Dios.
Por tanto, la importancia del bautismo es vital, porque, a partir de ese momento entra el Espíritu Santo en nuestros corazones para, con nuestro permiso, acompañarnos, orientarnos, auxiliarnos y guiarnos hacia el Señor, que será para nosotros Camino, Verdad y Vida.
Por eso, hoy desde este humilde rincón de oración, le pedimos al Espíritu Santo que nos auxilie, que nos asista y nos lleve siempre por el Camino, Verdad y Vida que nos marca el Señor Jesús. Es una gran alegría, como experimentaron los apóstoles al encontrarse con Jesús, el recibir el Espíritu Santo. En Él, con Él y por Él superaremos todas las dificultades y tentaciones que nos sale al paso y perseveraremos en la presencia del Señor hasta llegar, al fin de los tiempos, a esas moradas que nos ha preparado. Amén.

Sé, Señor, primero quiero expresártelo, que mi vida está muy por debajo de todas las posibilidades que Tú me has dado. Experimento mis fracasos, mis errores, mis egoísmos, mis pecados y mi inconstancia en seguirte tal y como a mí me gustaría hacerlo siguiendo tu Voluntad. Creo que no doy la talla, aunque, supongo que haga algunas cosas buenas. ¡Quédate, Señor, Tú que lo sabes todo!
Sabes de mis posibilidades y de mis buenas y malas intenciones. Y, a pesar de eso, creo que también sabes que yo quiero, a pesar de mis pecados, seguirte. Al menos esa sería mi apuesta hoy, porque, mañana tengo miedo y puedo caer, por eso te necesito en cada instante de mi vida.
Sin embargo, hoy por hoy lo experimento así, incluso por encima de mi propia vida. Y eso, Señor, quiero pedirte hoy. Sostén mi vida siempre en tu presencia y adherido a Ti como una lapa. Porque, Tú eres mi respiración y maras los latidos de mi corazón.
Por eso, Señor, abriendo mi corazón a tu manifiesto Amor, yo quiero hoy, dese mi confuso y dubitativo corazón expresarte mi "yo quiero seguirte" esperanzado y confiado en tu Amor Misericordioso, Amén.

Jesús dejó todo muy claro. Nuestro primer mandamiento es el Amor a nuestro Padre Dios. No hay ninguna duda. Sin el amor de Dios, ¿a dónde vamos? Todo nos viene de Él: Nos ama primero y su Amor nos activa para que también nosotros podamos amar. Así que, sin el Amor de Dios nada podemos.
Aclarado esto, tu amor y el mío son verdaderos y auténticos, no porque tratemos de amar a Dios, que siempre será imperfecto e inacabado; lleno de dudas y pecados, sino por nuestra última intención, querer amarle y dejarnos amar por Él. Su Amor irá, en esa medida que le abramos nuestros corazones, transformándonos el nuestro. Eso nos puede ayudar a nos desanimarnos y perseverar. Todo está en sus Manos.
Nuestro amor será verdadero y auténtico en la medida que se refleje en tu relación con los demás. Porque, si en esas relaciones de cada día no trasluce nuestro amor, visibilizado en obras y no buenas razones, nuestro amor, a pesar de manifestarse en palabras, será falso y aparente, pero nada más. Será un amor apoyado en la mentira y que deja mucho que desear.
Porque, amar es pastorear. Quien ama pastorea. Jesús lo deja bien claro en el Evangelio de hoy - Jn 21,15-19-: Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le...
Danos, Señor, ese amor que viene de Ti y que nos fortalece para amar como Tú nos amas.
Sería pretensioso amar a mis enemigos y, también, a los diferentes en creencias y cultura, pero, el mandato no es mío ni de ningún ser de aquí abajo, humano y mortal. Es simplemente de Él, de Aquel que lo puede todo y nos ama por encima de todo. De modo que, viniendo de Él todo es posible.
Y ese mandato de ser uno como Él y el Padre son uno, se puede realizar por su Gracia y su Poder, pero, sobre todo, por su Amor. De todas formas, hemos sido creados semejantes a Dios, y, por tanto, nuestra esencia y sustancia fundamental es el amor. Así que experimentarnos atraídos a amarnos es la tendencia natural que late y vive dentro y en lo más profundo de nuestros corazones. Y en ese amor se esconde esa felicidad que buscamos.
¡Señor, te pedimos fe y esperanza para, llenándonos de paciencia, aguardar con humildad esos momentos en los que nuestros corazones se vayan transformando como el Tuyo.