Señor Jesús, tú que recibías a los pecadores y comías con ellos, gracias porque nunca me has cerrado la puerta.
Como el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para buscar la que se perdió, tú has salido a buscarme cuando me alejé.
No me esperaste a que yo volviera solo: me buscaste, me encontraste y me cargaste sobre tus hombros con alegría.
Como la mujer que enciende la lámpara y barre la casa hasta hallar la moneda perdida, tú me buscas con paciencia y con cuidado, porque para ti valgo más de lo que yo mismo creo.
Perdóname cuando me parezco a los fariseos, cuando murmuro, juzgo y me creo mejor que otros. Enséñame a alegrarme con lo que a ti te alegra: cada persona que vuelve a casa.
Concédeme un corazón como el tuyo, que busque a los perdidos, acoja a los que se sienten lejos y celebre cada regreso. Amén.


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