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sábado, 10 de octubre de 2015

¿CÓMO PUEDO ENTENDERTE SIENDO UN POBRE HOMBRE?



La osadía del hombre es querer entender los pensamientos de Dios y de darle sentido a este mundo según sus pensamientos y razones. Es absurdo tratar de entender lo ininteligible y de querer ordenar lo que está por encima de nosotros desde nuestra razón.

Pero hay sabios y entendido que, por mucho que quieran, nunca entenderán la Misericordia y el Poder del Amor de Dios. Porque anteponen sus razones, sus pensamientos y su saber a Dios y querer ponerse a la altura de Dios. Ellos quieren y exigen razones, explicaciones, pruebas...lo mismo que los que vivieron en el tiempo de Jesús. Y la prueba ya ha sido dada: ¡Jesús, el Señor, ha Resucitado y vive entre nosotros!

Ahora, lo puedes creer o no. Dependerá de ti y de tu abajamiento a sentirte hijo necesitado, como un niño, para abandonado en las Manos de tu Padre, dejarte salvar por su Amor y Misericordia. Verdaderamente esto no se puede entender sino desde la pobreza y la humildad.

Un Padre, creador del mundo y de todo lo que vemos y no vemos; de todo lo que entendemos y no entendemos, ¿cómo no va a ser capaz de hacer lo que le venga en ganas y de la forma que le venga en ganas? Sería absurdo y disparatado querer exigirle razones, pruebas y otros.

Pidamos desde este humilde rincón la Gracia de vernos tal y como somos: criaturas pobres y pecadoras, que mendigamos, porque así nuestro Padre Dios lo ha querido, liberarnos de nuestras esclavitudes por su Misericordia y Amor.

Gracias, Dios mío, porque somos sostenidos por tu Amor y Misericordia, y nos descubre la finitud de este mundo caduco y limitado que nos envuelve con sus aparentes ofertas de pecado. Danos la sabiduría, la capacidad, la fortaleza y voluntad de no dejarnos persuadir por las tentadoras ofertas de la riqueza, la lujuria, el poder, la comodidad, el prestigio, la fama y la buena vida despreocupada del servicio y el amor por el bien de los demás.

Te pedimos que nos ayude a todo lo contrario, a compartir nuestros talentos, los que Tú bien has queridos regalarnos, para derramarlos en bien de todos aquellos que lo necesiten. Amén.