Hay muchas cosas que amenazan mi vida, y no descansan en tentarme e inclinarme a aceptarla. Mis apegos son un lastre con los que cada día tengo que luchar. Mis debilidades no cogen vacaciones y siempre están despierta para impedir que las olvide y no les haga caso.
Aprovechan cada ocasión, cada fiesta, cada situación o circunstancias que vean oportuna para tentarme, para seducirme y vencerme. Y me canso y me agoto. Muchas veces aparece la tentación de dejarlo todo bajo un respiro o cambio de actividad, pero luego resulta que a la vuelta, vuelvo, valga la redundancia, más cansado o agotado. Cuando admitimos la posibilidad estamos admitiendo casi la derrota.
¡No!, debemos seguir en la lucha. Sabemos, y eso nos conforta y anima, que la lucha no va a cesar nunca. No habrá vacaciones hasta el desenlace final, nuestra muerte, y cada día será un batalla más en esa larga o corta guerra de nuestro peregrinar. Pero eso ya le da aliciente y curiosidad a la batalla de cada día. Podemos pensar: ¿a ver quién gana hoy?
Y sabemos que yendo bien acompañado de la Mano del Espíritu Santo e injertado en el Señor nadie nos podrá vencer, y a nadie tenemos que temer. Ese es el secreto, no separarnos del Señor.
Y en estas batallas de cada día, nuestra arma invencible será la oración. Con ella no sólo están ganadas todas las batallas, sino la guerra. Nadie ni nada nos impedirá amar.







