
Ser sal y luz es la meta que todos nos proponemos. Aunque muchos no lo sepan ni lo tengan presente, todos buscamos y nos gusta ser sal y luz. Porque los somos cuando transmitimos un mundo de esperanza, de futuro, de salvación. Y eso lo hacemos cuando, confiados en el Señor, cantamos sus alabanzas y glorias según su Palabra.
Uno de nuestros grandes errores es buscar esa alegría y testimonio en cosas grandes, heroicas o que llamen la atención. ¿Dónde se dice eso? No se trata de eso, simplemente se trata de amar. Y amar se hace desde lo pequeño a lo grande. Donde estés y donde la vida te exija esa sonrisa, esa palabra de esperanza, ese servicio o esa repuesta agradecida.
En cualquier instante y momento de nuestras vidas podemos ser sal y luz. Y lo somos cuando eres capaz de guardar silencio y con debida prudencia tratar de no herir; cuando te esfuerzas en ser respetuoso y mirar si estás marginando a alguien; cuando miras y te preocupas por que el otro se sienta bien y atendido; cuando tratas de, más que hablar, vivir tu amor. Porque lo que convence no son tus palabras ni las mías, sino cuando comprobamos y experimentamos que tus palabras coinciden con tu vida.
¿Qué pensarían de mí si lo que digo no se corresponde con mi vida? Indudablemente, ¡todo se vendría abajo!, ¿no? Otra cosa es que mi vida presenta fallos, debilidades, errores y fracasos, y en muchos instantes pierdo el control y no doy buen ejemplo. Eso, simplemente, significa que soy pecador, pobre y mísero, y que, por eso, como todos ustedes necesito el Perdón y la Misericordia de Dios. El único Perfecto.
Por eso, insistentemente y sin desfallecer, no dejemos de pedir a cada instante la fortaleza y la voluntad de estar siempre dispuesto a ser sal y luz, y con nuestro humilde esfuerzo en el Espíritu Santo, contagiar de alegría y esperanza este mundo y alumbrarlo hacia la Casa del Padre, el lugar donde ya la alegría y la paz estarán eternamente presente. Amén.