lunes, 23 de mayo de 2016

AUMENTA MI FE, SEÑOR, Y DANOS LA SABIDURÍA DE SEGUIRTE



No hay mayor sabiduría que la de ser dócil a la Palabra de Dios. De un Dios, Trino y comunidad de Amor, que nos invita a seguirle y a vivir en su Amor. Un Dios que se hace Hijo, en la Encarnación, tomando naturaleza humana y naciendo de María, Madre de Dios, elegida para ser Madre del Hijo durante su Vida de Hombre, semejante a nosotros, y que nos ofrece un camino para alcanzar también nosotros esa dignidad de, siendo sus hijos, heredar la Vida Eterna.

Porque esa es nuestra meta, la herencia de la Gloria de Dios, como hijos adoptivos por los méritos de Jesús, el Hermano mayor, que, enviado por el Padre, da su Vida por nuestro rescate y salvación. Y esa fue la pregunta de aquel uno, del que no se sabe nada más, sino que se entristeció por todo lo que tenía. Estaba apegado a ello y, para él, ciego por la oscuridad del mundanal ruido, importaba más sus riquezas que la Vida Eterna.

¿No nos ocurre a nosotros algo parecido? ¿No ambicionamos más nuestro prestigio, nuestra fama, nuestras riquezas y poder que la Vida Eterna? Porque alcanzarla tiene un camino bien concreto y señalado: Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 

No pongamos resistencia, ni tampoco peros... Sí es difícil y, diría, imposible para nosotros solos. El primero yo. Pero no es ese nuestro caso. Ayer nos dejó claro que no estamos solos. Va con nosotros el Espíritu Santo, el Consolador y Defensor, y Él nos dará la luz y la voluntad para hacer posible lo imposible. Pidamos con confianza esa Gracia, y tengamos paciencia, porque el Padre nos concede todo aquello que, pedido en el Nombre de su Hijo, nos conviene y necesitamos para alcanzar la Vida Eterna.