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lunes, 1 de septiembre de 2014

EL DESESPERO DE LA POBREZA

La Gracia de la humildad


Nadie quiere ser pobre, ni tampoco estar enfermo. Buscamos ser felices y tener riqueza y poder y olvidamos que en esos tesoros con minúscula no se encuentra el Señor. Es verdad que la pobreza, la enfermedad y las miserias todos las rechazamos, pero también es verdad que el puente para pasar de la insatisfacción y la infelicidad a la verdadera y eterna felicidad es precisamente la pobreza y la enfermedad.

Porque sólo siendo pobre y enfermo sentiremos la necesidad de liberación y sanación. Porque sólo aquel que, como la viuda de Sarepta de Sidón o Naamán el sirio, buscarán el alimento para mitigar el hambre o la curación para vencer la lepra. De ahí que la pobreza y la enfermedad esconden verdaderos tesoros que nos señalan e indican el camino de salvación.  

Porque Jesús, Él nos lo dice, viene a salvar, no al rico, suficiente y sano, sino al pobre, enfermo y necesitado que busca alimento, salud y salvación. Pidamos al Padre, injertado en su Espíritu, encontrar el verdadero camino de salvación que nos conduzca a liberarnos del hambre y la lepra que nos amenazan de muerte.

Y busquemos también el auxilio, la compañía de nuestra Madre, la Madre de Jesús, que supo en todo momento ser humilde con sencillez, obediencia y paciencia perseverando en el camino al lado de su Hijo. Ella podrá auxiliarnos y socorrernos en los momentos de prepotencia, de soberbia, de desesperación y de oscuridad. 

Ella nos ayudará a ser pacientes y obedientes y a mantenernos, en la humildad, perseverantes y fieles a la Palabra de su Hijo. Nos alentará a seguirle y obedecerle, como hizo con aquellos siervos en las bodas de Cana invitándoles a que hicieran lo que Jesús les mandaba.
 


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