miércoles, 10 de junio de 2015

NO SE TRATA DE LEYES SINO DE AMAR



La ley está para cumplirla y se hace necesario establecerla y tenerla presente y muy en cuenta pero no siempre la ley acierta en beneficio del hombre. Y la máxima finalidad y misión de la ley es servir al hombre. De tal forma que, si la ley perjudica al hombre deja de ser ley para pasar a ser castigo.

Conviene matizar que cuando hablamos de beneficiar al hombre, nos referimos al bien común, es decir, a la generalidad, no a uno en particular. Eso no quita que cada hombre es fin del bien y provecho de la ley. Pero, siendo esa la finalidad de la ley, se hace también necesario darle cumplimiento, porque de no hacerlo faltamos al respeto y a la verdad.

En las prisiones vemos un ejemplo de lo que está escrito en el corazón del hombre. Allí están aquellos que la han incumplido, pero son tratados dignamente, al menos esa es la aspiración, y su finalidad de privación de libertad está dirigida a integrarlo y encauzarlos al bien común de todos. La convivencia necesita que todos cumplamos unas leyes y normas que sirvan para el respeto y la defensa de la libertad y la paz.

Pero, la ley necesita del amor. Del amor que nos ayuda al perdón. A un perdón contrito del que ha cometido el delito o la infracción. Un perdón que nace del arrepentimiento personal del causante y que demanda comprensión, generosidad y amor por parte de los perjudicados y por la sociedad que lo espera acoger.

Ese es el nuevo espíritu que Jesús agrega a la ley, le espíritu del amor, que nos describe y enseña en la parábola del hijo prodigo. El Espíritu de Dios que nos ama con un amor infinito de Padre amoroso que nos espera a pesar de nuestra cabezonería y rechazo. Danos Señor ese espíritu de amor que necesitamos para cumplir como Tú quieres, con tus mandatos. Amén.