jueves, 12 de febrero de 2015

ORAR ES PEDIR BIEN



Podemos orar y no conseguir nada. Es verdad que nunca sabremos los resultados de nuestra oración, si bien, en ocasiones se cumple lo que pedimos. Pero siempre quedará la duda de si ha sido el Señor quien nos ha respondido. Eso piensan los no creyentes. Sin embargo, los creyentes creemos que el Señor está, y si está nos responde.

El Evangelio de hoy nos da una de las muchas pruebas del resultado de la oración. Una oración de petición de ayuda, pero de insistencia y búsqueda hasta conseguirlo. Y una oración de respuesta, a pesar de quedar despreciada y comparada con los perrillos que comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. Una oración que salta todas las dificultades, porque lo que persigue es la curación de su hija.

Una oración que esconde amor sin condiciones. Nos preguntamos: ¿es nuestra oración así? O al menos intentamos que sea así. La oración, en mi humilde opinión, más importante es la de petición. Y digo esto porque somos seres necesitados. Necesitados de salud, de alimento y de curaciones, pero también, quizás lo más importante y lo más ignorado por nuestra naturaleza caída, de salvación.

Necesitamos pedir, pero pedir bien. Pedir, porque no podemos escapar a las necesidades que tiene nuestra materialidad corporal, pero pedir por nuestra verdadera salud y salvación, tal es el bien de nuestra alma. Pedir por todo aquello que representa lo mejor para vivir en el Amor y Voluntad de Dios, porque esa será nuestra principal y verdadera salud y salvación.

Por todo eso, Señor, te pedimos que nos ilumines, nos des fuerza y voluntad para, llenos de tu sabiduría, saber conducirnos por el camino verdadero que nos conduce a Ti. Amén.