miércoles, 30 de marzo de 2016

EXIGENCIAS Y RECOMPENSAS



Posiblemente, el problema de muchos de nosotros será el no entender casi nada. Empezando por la fe y por la Palabra. Y continuando porque muy poco concemos de la Escritura y de la Vida de Jesús. En principio no sabemos que es la fe. Porque aunque nos parezca que lo sabemos, en lo más profundo de nosotros, no lo entendemos. Lo que significa que no lo sabemos.

Sí, entendemos por fe fiarnos de algo que no se ve, pero eso no se entiende cuando ponemos muchas exigencias para creer. Cuando se nos dice que creamos, en contrapartida queremos razones que nos den pruebas para creer. ¿Qué fe es entonces la que entendemos? La fe es fiarse sin exigencias y, posiblemente, sin entender nada o muy poco.

Y, nosotros, exigimos razones, pruebas y que la vida nos sonría. Muchos decimos que no existe Dios porque la vida se nos pone cuesta arriba; muchos nos alejamos porque experimentamos que al acercarnos al Señor las cosas de nuestra vida parecen que empeoran. Y muchos le rechazamos, porque nos suceden cosas en nuestra vida de la que le echamos la culpa a Dios. ¿Es so fe? ¿O es eso una fe que exige purebas y recompensas? Luego, repito, ¿qué fe es la nuestra?

Llegamos al convencimiento que no sabemos que es realmente tener fe. Aquellos discípulos de Emaús, posiblemente, su fe era como la de muchos de nosotros. Una fe de exigencias y recompensas; una fe que necesita ver y comprobar para creer; una fe apoyada en criterios humanos y realidades. Y Jesús nos pide una fe confiada y esperanza en nuestro Padre Dios, que nos ama con locura y le ha enviado a Él, al Hijo, para descubrirnos su Amor y rescatarnos de la esclavitud del pecado.

Y da testimonio con su Palabra y con su Vida. Nos enseña y transmite la Voluntad de su Padre, su Perdón y Misericordia, y nos explica todo el Plan de Salvación desde Moisés, los profetas hasta su venida, la plenitud de los tiempos, donde en Él se cumple todo. Por su Pasión y Muerte somos rescatados del pecado y salvados, y por la Resurrección nacemos con Él a una Vida Nueva y Eterna.

Pidamos esa Gracia al Señor, y que nos llene de paciencia y escucha atenta como aquellos discípulos de Emaús, para que atentos a su Palabra dejemos que su Espíritu inunde nuestros corazones y, abriéndonos los ojos, veamos claramente la presencia de Jesús Resucitado entre nosotros. Amén.

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