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domingo, 13 de marzo de 2016

SUJETOS A LA LEY, LIBERADOS POR EL AMOR



Esa es nuestra historia, sometidos, por el pecado, a la ley y la justicia, y esclavos de su cumplimiento, que cargamos más en los pobres y excluidos, que en los poderosos y privilegiados. Porque estando la ley en manos de los hombres es administrada según sus intereses y egoísmos. Así, aquella mujer que quisieron lapidar, fue muchas veces gozo y placer de todos ellos. ¿Y quién nos da derecho a matarla, cuando la hemos usado cosificándola? La hipocresía nos tiñe de vergüenza hasta el punto que nos impide lanzar la primera piedra.

Hacen la ley, pero luego la cumplen según les convenga. Una ley que no es justa para todos, sino que regula sus intereses y egoísmos. Una ley que, a veces, cuando los interese lo demandan se hace flexible, tolerante, comprensiva y hasta misericordiosa. Pero que no actúa siempre así, dependiendo de privilegios y situaciones que diferencian a unos de otros. Todos tenemos el mismo Padre, pero, parece, que no nos trata, según el proceder de ellos, a todos por igual.

La diferencia está en el Amor. Dios nos ama, y aunque tengamos que pagar nuestros pecados, tenemos siempre la puerta abierta del arrepentimiento y del perdón. No estamos muertos ni condenados. Todo lo contrario, estamos perdonados y salvados. Ya ha pagado nuestro Señor Jesús por cada uno de nosotros, pero, no todo está hecho. Nuestro Padre Dios quiere que nosotros colaboremos. Esa es la razón de nuestra libertad, no hay otra.

Y, por el hecho de ser libres, tenemos la oportunidad de creer en Jesús o de rechazarle. Ese es nuestro dilema: 15 »Hoy te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal... leer más. Por eso, experimentamos deseos, Señor, de rogarte, postrados a tus pies, que nos des el don de tu Amor para liberarnos del pecado que nos domina y nos somete a la ley de las tinieblas. Danos esa capacidad de ser misericordiosos como el Padre y de estar en actitud de perdonar tal y como el Señor nos perdona a cada uno de nosotros.

Enséñanos, Señor, a hacer realidad en nuestra vida la oración del Padre nuestro, y de vivenciar el perdón que recibimos de tu Mano generosa, perdonando nosotros también a los que nos ofenden. Amén.