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lunes, 2 de enero de 2017

¿RESPONDEMOS AL ANUNCIO DE SALVACIÓN DEL SEÑOR?

Primero nos lo anuncia Juan el Bautista, pero nos dice que él es un simple anunciador del que realmente viene detrás de él, a quien no es digno de desatarle la correa de su sandalia. Es Jesús el anunciado el que nos bautizará con Espíritu y fuego. Un Bautismo que nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Un Bautismo que nos compromete a dar testimonio de nuestra fe.

Y esa es la pregunta, ¿respondemos nosotros a ese Bautismo? ¿Respondemos nosotros a esa llamada a proclamar, viviendo primero, lo que Jesús nos enseña, no sólo de palabra sino también con la vida. Hoy damos comienzo a un año nuevo. Un año nuevo siempre invita a hacer las cosas bien, pero, pronto, al pasar de los días, esas buenas intenciones e impulsos empiezan a decaer. El trajín de cada día y la rutina nos van lastrando nuestras esperanzas y, debilitados, empezamos a dejarnos cosas en el camino.

Pero es que nuestra respuesta no debemos hacerla solo. Tenemos y debemos ir acompañados. Ese es el propósito de este humilde rincón, como también "de dodim a agapé", el de acompañar sobre todo a los que por falta de tiempo no pueden integrarse en una comunidad, o visitar con frecuencia al Señor Eucarístico. Tenemos que ir juntos, marcando el ritmo del paso de nuestras oraciones. El agua que riega nuestra vida es la oración. Sin ella no crecemos.

Pero una oración humilde, paciente, esperanzada, alegre, obediente, escuchada, atenta, perseverante, constante, alejada de ruidos, silenciosa, firme, confiada y llena de fe. Una oración que nos enciende el corazón cada día, que nos alimenta del Pan Eucarístico, que nos fortalece en las desesperanzas e inconstancias, y que nos sostiene firmes en el camino.

Si, amigos y hermanos en la fe. Necesitamos orar. Esa es la respuesta que el Señor espera de nosotros, porque lo demás nos será dado por añadiduras (Mt 6, 33). Tengamos confianza y no dejemos de orar, hablar con Dios, y recibirlo Eucarísticamente, alimento espiritual, para caminar estos nuevos trescientos sesenta y cinco días esperanzado en las promesas del Señor. Un Señor que siempre cumple su Palabra. Amén.

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