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sábado, 4 de febrero de 2012

SEÑOR...ENSÉÑANOS A ORAR

Primera Parte


 Es de imaginar a los apóstoles acostumbrados a ver a Jesús sumergido y abismado en esa oración intima, sabrosa, en ese dialogo amoroso con el Padre Dios, haya despertado en ellos el deseo irresistible de vivir la experiencia de oración a lo Jesús. ¿Y quién no? Que no daríamos por tener esa experiencia divina de orar como Jesús. 

¿Pero es que los apóstoles no sabían orar, no tenían ni la más remota idea de oración? ¿Acaso no asistían a las Sinagogas participando de la oración de los sacerdotes del templo, de los fariseos, de los saduceos, de los maestros de la ley? 


He ahí la gran diferencia para los apóstoles… comparar la oración de Jesús con la oración de los demás. La pregunta apremiante que nos hacemos… ¿Cómo sería la oración de Jesús que provoca deseos de poseer?  

¿Pero es que los apóstoles no sabían orar, no tenían ni la más remota idea de oración? ¿Acaso no asistían a las Sinagogas participando de la oración de los sacerdotes del templo, de los fariseos, de los saduceos, de los maestros de la ley? 
He ahí la gran diferencia para los apóstoles… comparar la oración de Jesús con la oración de los demás. La pregunta apremiante que nos hacemos… ¿Cómo sería la oración de Jesús que provoca deseos de poseer?  

Primeramente los apóstoles conocían el gusto de Jesús por la oración. Siempre buscaba la oportunidad y el lugar para orar, para detenerse en el camino, hacer un alto y recogerse en oración.  A Jesús le gusta orar, no hay dudas.  Jesús siente la necesidad de orar.  Les queda muy claro a los apóstoles. Jesús consulta todo con el Padre.  Escucha al Padre y obedece al Padre en sus consejos y en sus deseos… su voluntad era realizada plenamente.  Se percibe una amistad intima, calidad, indisoluble y una confianza plena en el Padre como nadie.  Jesús les había dicho: “El Padre y yo somos uno.”   

Si al serafín San Francisco de Asís sus discípulos lo vigilaban escondidos a distancia, cuando el santo se retiraba a orar; con más razón los apóstoles habrán buscado la oportunidad,  mas de una,  de llegar hasta Jesús y desde la distancia contemplarlo en plena oración. 

Jesús en oración… ¿Cómo sería esa oración? ¿Cómo sería ese dialogo amoroso entre Hijo y Padre? Él que conocía tan bien al Padre.
Si a Moisés después de hablar con Dios en el monte Sinaí,  el rostro se le encendía irradiando luz,  ¿Cómo sería el rostro de Jesús en plena oración, Él que contemplaba “cara a cara” al Padre?
Podemos imaginarnos esa oración de fuego… esa oración ardiente… esa oración donde las palabras sobran… y si las hay son música al oído… esa oración donde el alma es una porque siempre lo ha sido… con el Padre.
Si los habitantes de Asís, corrieron hacia el monte porque ardía en fuego, encontrando a santa Clara de Asís y san Francisco de Asís en plena contemplación, en oración subida… ¿Cómo sería Jesús y el Padre en esa oración mutua?...un verdadero holocausto de Amor divino…  Imaginemos a Jesús en plena oración y los apóstoles contemplando a distancia la hermosura de tan celestial acontecimiento. ¿No es para quedar embriagados en esa corriente y desearla beber también en la medida propia?

La oración de Jesús, ese rostro encendido por el Amor pleno y eterno que se desborda en manifestaciones delicadas, exquisitas de corazón del Hijo al corazón del Padre.

Esa presencia viva del Espíritu Santo… corriente de Amor consumiendo y dando vida al mismo Amor.

¿Cómo no pedirle a Jesús le enseñe a gustar del manjar que saborea y alimenta su espíritu? ¿Cómo no desear con ardor, con locura esa experiencia enriquecedora que es deleite de corazones divinos?
Señor…por favor… por piedad… ten compasión…enséñame a orar con el gusto…con el deseo…con la necesidad apremiante…con la pasión desbordante…con la alegría nupcial…con la pureza de intención…con los detalles delicados y exquisitos del Amor… con la simplicidad y sencillez de corazon…

Señor enseñarme a orar como Tu oras, colocándome en las manos del Padre, postrándome en la presencia del Padre, bajándome hasta mi nada para ser subida y encerrada en el corazón del Padre.
Señor  enséñame a orar, pero enséñame tomando mi corazón y amando al Padre con mi pequeño y pobrísimo corazón.

Señor, enséñame a orar, dejándome penetrar en tu corazón, alimentándome de tu Amor, encendiéndome y consumiéndome en esas llamas eucarísticas de ese corazón divino que ama tanto, tanto, para así poder amar al Padre como Tu le amas. Señor, como Tu le amas… en mi pobre medida… colmada con tu divina medida…

Señor, tu espíritu nos consuma en el fuego de tu oración para gloria del Padre…, para salvación propia…para salvación de las almas…

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