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miércoles, 16 de mayo de 2012

HAY MUCHO DE QUE HABLAR


Porque orar es precisamente hablar con Dios, más que rezar. Podemos rezar oraciones ya hechas, ya formuladas, a excepción del Padre Nuestro, sugerido por Jesús, que es la oración por excelencia. En ella se compendia todo lo que necesitamos pedirle a nuestro Padre Dios.

Pero en nuestra vida ordinaria nos ocurren muchas cosas cada día. Y también se nos presentan problemas y muchas preocupaciones que nos afectan de forma directa e indirecta, e influyen en nuestro ánimo. Claro, en esos casos recurrimos a los seres más próximos a nosotros, nuestros padres, hermanos o algún amigo de plena confianza. Aquellas personas que confiamos que nos puedan ayudar.

Compartimos con ellos y nos desahogamos y aliviamos nuestras inquietudes y preocupaciones. ¿Hay alguien mejor que Jesús que nos pueda ayudar? ¿Hay alguien mejor que Jesús que nos pueda escuchar? ¿Y aguantar pacientemente nuestros berrinches, disgustos, rebeldías...etc? ¿Y hay alguien mejor que Jesús que quiera, que esté dispuesto y deseoso de que recurras a Él para ayudarte?

Pues, ¿por qué no acudimos y le contamos todos nuestros pesares, ilusiones, proyectos, preocupaciones y alegrías? De eso, de todo lo que nos preocupa y afecta es de lo que debemos hablar con el Señor, ¿no te parece? No debemos empecinarnos en formular oraciones, en adornarlas con bellas palabras o tomarlas de grandes oradores. No digo que no se haga, cada cual puede hacer lo que mejor le vaya. Dios escucha a todos y todo, pero con un Padre se habla de lo que preocupa y alegra.

Principalmente, de la vida, de los miedos y temores, problemas y preocupaciones, tristezas y alegrías, triunfos y fracasos, deseos y logros...etc. Y supongo que Jesús espera eso, porque Él lo que quiere es tu vida, salvarla y llevársela al Padre. Ha venido expresamente para eso, y ha dado su vida por eso.

Y el Espíritu Santo ha venido en su ausencia para indicarnos el camino, para abrirnos brechas, para ayudarnos a encontrar la verdadera ruta, para fortalecernos en la batalla martirial de cada día, para servirnos de guía y de compañero que nos anima y nos levanta. Para defendernos en las caídas y levantarnos en las flaquezas.

Ven Espíritu Santo y tómanos, no dejes que el mundo nos someta y nos esclavice. Aviva nuestro espíritu y fortalece nuestra voluntad, para que sigamos tus consejos y tus pasos. Amén.

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