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sábado, 5 de mayo de 2012

ME SIENTO MAL, SEÑOR


Y temo no corresponderte como Tú me has enseñado a hacerlo. Experimento que compartir estos momentos ayuda mucho a resistirlos, pero ¿con quién compartirlos? No es fácil encontrar a alguien cercano que te escuche y te comprenda, que te ayude a ser paciente y tolerante.

Suele ocurrir que en esos momentos me olvido de Ti, Señor. Porque no te oigo, no te escucho. Tu manera de hablar es diferente, lo haces a través del silencio, de aguantar todo mi desahogo y de estar a mi lado de forma muy paciente y callada. Y quizás yo busque desahogo con enfrentamientos, con protestas, con rebeldía, con insultos, con dar rienda suelta a mis tensiones y descargar en otros. Y Tú, Señor, no actúas así.

 No me das motivos para enfurecerme ni para revelarme. Desde el primer momento me llamas a la calma, a la paz, al sosiego, y sobre todo al perdón y al amor. Pero yo me desespero, quiero estallar, romper, violentar... No soporto la indiferencia con la que me han tratado, ni me fío de los despistes ni del olvido. Reclamo mi dignidad y mis derechos. A vuelta con los derechos, pero, ¿quién soy yo para pedir derechos? ¿Acaso tengo algo que yo me he ganado? ¿O no he recibido gratuitamente todo lo que tengo, hasta mi dignidad?

Y si Él, Jesús, que es Señor de cielos y tierra, permite ser tratado como lo ha sido en la tierra, ¿soy yo acaso mejor? Por eso, pasada la tormenta, pido perdón con lágrimas en los ojos y experimento de nuevo que su Gracia me llena, me empapa de paz y recobro la tranquilidad y el gozo de sentirme escuchado, comprendido, perdonado por sus méritos y su amor.

Es cuando comprendo que Jesús estaba ahí, muy cerca de mí. No dejaba de mirarme, de estar atento a mis palabras, a mi desasosiego, a mi rebeldía. Y no solo me escuchaba sino que también, cuando se lo permitía, me hablaba y sugería el camino a tomar. Y así ha sido. Gracias Dios mío por tanta paciencia, por permanecer constantemente presente en mi vida. Por asirme de nuevo una vez más y por regalarme el gozo de experimentar la alegría de sentir la esperanza de volver, en Ti, Señor, a empezar. Amén.




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