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jueves, 12 de julio de 2012

SEÑOR, ¿YO PUEDO TAMBIÉN...





ser capaz de proclamar tu Evangelio? Lo he intentado muchas veces, me atrevería a decir que desde joven ando intentándolo. También es verdad que la mayoría de las veces no he sido buen ejemplo, y he dejado mucho que desear. Pero siempre he querido hacerlo bien, y hasta he llegado a sufrir celo apostólico.

Se lo oí a un sacerdote una vez. No había reparado en ello, pero de repente me vino a la mente otras frases que me había dicho en ese sentido. Sí, Señor, creo que padezco ese síndrome, y aunque me asusta que te defraude y no dé la talla, me siento orgulloso y alegre de padecerlo.

Disfruto hablando de Ti. En cursillos de cristiandad me llegaron a decir que estaba obsesionado. Los días previos a la preparación del cursillo casi no dormía. Toda mi energía era llevar personas y hablarles de Ti. Decirles que estamos hechos para vivir eternamente en plenitud de gozo y felicidad. Decirles que estamos salvados porque nuestro Padre Dios nos quiere demasiado.

Y ahora sigo sintiendo lo mismo. Cuando tengo catequesis de bautismo o voy a la cárcel, mi alma se hincha, se alegra, goza en hablar de Ti a tus hijos. Me siento triste porque no reaccionan, porque pasan de Ti, porque valoran más otras cosas. No lo entiendo, Señor.

Por eso, a veces pienso que no lo hago bien, que fallo yo, y que no soy ejemplo ni testimonio para despertar en ellos la inquietud de buscarte. Dudo de que me llames a esa misión, y me siento como entrometido. 

¡Aclárame, Dios mío, qué debo hacer! Dame la sabiduría y la inteligencia de saber proclamarte y vivirte en mí vida. Dame la luz de qué mi vida sea testimonio de tu Palabra, y que tu Poder se haga visible entre los que escuchan escépticos e indiferentes, para que respondan y se enamoren de Ti. Amén.

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